viernes, 11 de julio de 2008

Acido entre las albóndigas (1999)




Conflicto patológico a la hora de dormir (Lullaby)(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]
El dibujo en la pared parece mirarme, con odio. Creo que me estoy escapando. La piel se transforma dentro del organismo. Dos sombras se detienen a observar los frascos vacíos en la vidriera. Buscar a la víctima que tiembla en la cama. Acechar la ventana de las telarañas asesinadas.
Un grito desgarrador que hace temblar las paredes del estómago. Un paso más cerca. La mirada girando en las esquinas del techo. Y el sabor de la desesperación a punto de colapsar. O el fuego en los ojos, para quemar el sueño. Se roban el agujero del suelo, el refugio de la tempestad.
La necesidad infectando la herida en el talón. Con moscas disecadas flotando en el aire. La flor dispuesta sobre el pavimento de la noche, cuando corre desdibujado el placer de cortinas alambradas. Tampoco el café mancha los dientes del depredador; el fuego ha aprendido a bajar las escaleras, apresura su paso.
Ningún músculo se mueve. Sólo repite "quiero ser famoso" en el ancla del reloj. El capitán decidió acribillarlo con manzanas envenenadas. Es tu turno, sobre las montañas la ira viene suavemente sobre sus propias piernas. Se escudan entre los rayos solares. No entiendo por qué necesita lo que digo. A la vuelta del almanaque el Sr. Araña construye la bomba que acabará con la tierra seca.
La rueda se atascó en la trampera. Lanza una vez más los dados y recoge la roca al borde de la taza de leche. Los gusanos perforan el hígado. Fue condenado a vivir en el mar anhiótico. Hay hongos alrededor de los botones de ignición.

La Última Guerra terminaba
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]
Vámonos afuera. Lejos de mí. Lejos de una nueva guerra en mi cabeza. Con las trincheras llenas de granadas activadas. En un tiroteo psicológico, donde cada proyectil disparado debe ser efectivo. Un ajedrez real de francotiradores. Un síndrome de éxito superestelar y un ocaso de un astro. Cabizbajo.
Esperando el ruido para perforar el casco enemigo, asomando un poco encima de los costales de arena. Con los aviones rociando gripe sobre el frente contrario. Arrastrándose entre los desperfectos sociales. Escuchando una canción en tu mente, mientras los dedos se oxidan al lado del gatillo. Un ojo cerrado, otro en la mirilla.
Apuntando a un árbol putrefacto, un contorno demente pintado detrás del cielo púrpura, de pólvora y pulgas bélicas.
La guerra arrecia. En una jaula donde el territorio es un límite para nadie. Se van matando en orden alfabético de apellidos. Alternando las caídas de los soldados. Siendo un ingrediente en el caldo de sangre y barro, lágrimas y sangre.
Es así. Las bestias parlantes. Y los animales siguen ocultos entre los huecos de los árboles muertos, entre las rocas de tono gris, tan depresivas. Los animales no sonríen y los colores primarios se extinguen en sus miradas ocultas.
Dicen que lo más cercano a la realización de una esperanza es esperar en el tiempo.
Hasta que se matan aún, y el último soldado sobreviviente sobre la superficie terrestre decide suicidarse. Y cae lentamente, lentamente en el último caldo humano.
Lentamente.

Está preso el sueño de la gente
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]
Encrudece el invierno dentro del refrigerador. El frío quema.
"Libera tus pies de las cadenas invisibles de la gravedad", grita una implosión.
Acaso se yergue sobre sus uñas y apaga los cometas como velas de pescador.
Está preso el sueño de la gente, el personaje anónimo del futuro impersonal.
Pero un enjambre de tachuelas aguijonean el fruto secado.
Nadie reclama por los árboles del país; los árboles no tienen pies para huir.
La conspiración se construye en el frasco del jarabe.
El jarabe tiene feo sabor y sólo sirve para humedecer el paladar,
mientras se digiere la propia saliva y se respira el polvo solar.
Las estatuillas de los santos vuelven al suelo, como astillas de barro.
La gente no duerme, sólo cierran los ojos y leen la oscuridad.
Las neuronas va a las elecciones, para votar por una decisión.
Aprobado: se venden a la vaca y a la máquina de coser.
Sigue el juego de marcar la respuesta inexistente entre las incorrectas.
Las lápidas están hechas de cráneos de ratones grises.
La gente suda bajo la piel, para no morir de sed.
Su sueño está preso y la libertad sólo en un párrafo de la constitución.
La sociedad anónima se declara en quiebra, y se quiebra.
Está preso el sueño de la gente y está preso dentro de cada persona.

Extirpación(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]
"Asesinaré a todos antes de que se me acabe el combustible", exclama el cartón de leche, desechado en el tambor de desperdicios. "Los asfixiaré con mis propias manos", se adelanta el cascarón de bananas, a su lado. "Estornudaré dentro de sus riñones de plástico", agrega el envoltorio de caramelo, cerca de un hueso de pollo maloliente.
Tu basura te odia. Pero cuando pides consejo al Jefe del Ayuntamiento, éste responde que no imagines cuando leas el contrato. El vagabundo también te odia, porque para ellos siempre te queda cambio, monedas sin color.
"Desplumaré tu cabeza a ladrillazos", predica el clavel. "Regaré tus pies con acetona regurgitada", prorrumpe un helecho. De hecho, tu jardín te odia. Pero cuando respondas a una pregunta sólo insultas, involuntariamente. Mi editor te odia, porque todavía repites el cuento a tu hijo a la hora de dormir. Y no duerme.
Creo que también te odia el café del desayuno, puesto que tu vicio a la cafeína representa el genocidio de la vegetación. Te odia tu corbata, siempre que tragues basura callejera y te limpies la boca con su tela. Eso es detestable, ciertamente.

La trágica merienda(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]
Estoy flotando boca abajo, inmóvil, en el centro de la sustancia, la sustancia mancha mi mantel favorito y el mantel envenena el pan francés. La sustancia es transparente e inodora, no lo digo yo porque sigo inconsciente, flotando como una botella de vino pasteurizado.
Mis cabellos peinan a la sustancia viscosa como si fueran un plato de tallarines, donde los tallarines fueran culebras a principio de primavera. También los chicos de la mantequilla están adorando al pan tostado, el pan tostado cortado por el cuchillo de la secta.
El cuchillo sufre de evolución espontánea y se transforma en una mantis religiosa, la mantis religiosa devora la cabeza del macho, cuando corta el cuello del carnicero. El carnicero toma un trago de vidrio de un vaso de agua, el agua es vino pasteurizado.
El vaso de agua se rompe y se fragmenta y la sustancia se derrama, se derrama sobre el mantel cuadriculado, donde las moscas se bautizan en una nueva religión. El pan tostado fue rebanado de una pieza de pan francés, francés es el carnicero de la merienda, que se enfurece y aplasta a las moscas, y al hacerlo quiebra el vaso ceremonial.
La sustancia rodea una cuadrícula oscura de mi mantel favorito. Ahora la mantis religiosa devora a las moscas aplastadas y los chicos terminan la merienda, y la merienda es trágica en el centro de la sustancia, porque es el veneno de la mantequilla.


Ypnesia terminal(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]
Botella indecorosa. Sacudida de entresueño. Pon el revólver en mi mejilla y muéstrame un mundo distorsionado. De cuando el vidrio es líquido y cinco mastodontes piden limosna del lado oscuro de la realidad. Rueda la gota en su garganta, acecha el timbre del teléfono.

Escenas de días lluviosos(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]
Hay una sombra quieta debajo de las rejillas. Hay una sombra quieta en la alcantarilla. Hoy es tu cumpleaños y el alcantarillado es de la ciudad. Hoy llueve, es de noche, hace frío y nadie camina por las calles. Sólo el hombre del alcantarillado sale de su escondite para mojarse con lluvia de verdad.
Nadie lo ve, nadie. Pero él sabe que en otoño brotan hojas secas sobre el suelo. Es lluvioso y gris pero no es triste. A veces se disfraza de perro callejero para buscar qué comer entre la basura. A veces se disfraza de niño pobre para robar monedas.
Un saco de basura flota y se arrastra en el río de la alcantarilla. Llueve y hay goteras en las rejillas. El hombre del alcantarillado hace los huecos en las paredes para que las ratas vivan allí. Es él quien mueve las cortinas cuando tienes miedo.
A veces duerme dentro de los coches abandonados. A veces se disfraza de anciana para alimentar a las palomas en la plaza. Pero él es el hombre del alcantarillado y nadie lo ve. En otoño pasea por el mercado, si es de noche y llueve. Cuando muere un vagabundo o atropellan a un gato, este hombre los sepulta bajo la ciudad.
Sí, feliz cumpleaños. Hoy el hombre del alcantarillado descansó su sombra bajo las rejillas, pero nadie lo vio. Te doy un beso en la mejilla y caminamos por la calle, es de noche y llueve. Hoy comenzó el otoño y el hombre del alcantarillado quiere sentir la lluvia de verdad.

Santurrón(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]
El Gerente Administrativo reía a carcajadas salvajes, no podía parar. Reía, reía. Sosteniendo todavía la condena. Entre las manos el papel. Con una pequeña palabra. En el centro preciso. "Esquizofrenia". Firmada a pie de página. Por toda la sociedad.
Necesitaba inyectarse la médula. Las cucarachas de los nuevos vecinos. Invadían a los electrodomésticos. Ni recordaba la primera vez. Que había probado el café.
Aún era posible imaginar un país sin mundos. Destrúyete como a ti mismo. La niñita con el vestido negro. Liberando al cuervo de su jaula. y la flor anestesiada. Estrangulada. Vender lo que no sirve.
Los tontos tienen la respuesta. Pero no azúcar para el desayuno. Llueve en la inundación. Patea los castillos de arena. Ya no tiene nuevas ideas. Se pone nervioso. El camino a casa se desintegra. Así la mala yerba oculta a los verdugos. Mientras sube el precio de las armas.
El contenido social queda vacío.
Viene otro jugador. El soldado desconocido llora. Con su identificación entre los dientes. De rodillas. Pero su fusil continúa allí. Como lápida. Los fantasmas se atoran en el puente. O mueren ahogados. En tanto marchan. Como la saliva por las venas. Ahora que construyen el parque. Sobre el campo minado. Y el fútbol explota. Y el columpio pierde equilibrio.
Las carcajadas traban la mandíbula. El pánico transpira bajo los pies. El papel se ruboriza. Casi. Es que ha creado un nuevo personaje. En su cabeza.

Delirio CriminalTítulo original: Sospechas fílmicas(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Hay extravagancias sobre la lápida, pero sus cerebros no recibirán oxígeno hasta que me hayan amputado el arma de la mano. Dentro de sus venas fluye sudor, un sudor frío, que congela el corazón. Lo saben: si dos más dos fueran más que cuatro ya nadie moriría de hambre. Sin embargo, los cuadros del crucigrama estallan por la gangrena negra.
La putrefacción construye una plaza bajo la lengua. Como siempre viene detrás de mí, son todos y en el techo de la lata de aluminio sólo existe una salida: la incorrecta. Juega tu carta, la carta está en blanco. Ahora desean sembrar ojos en las grietas del dormitorio. Otra vez un intruso golpea el seguro de la puerta, la puerta está abierta.
La cuchara está dentro de la boca, pero el alimento se esconde en la fosa nasal, sólo un trozo de carne asada conoce lo que es el mar ácido del estómago. Hay rastros de pisadas en el piso del baño, pisadas de lodo, y la ventana está rota. Adhiero asas al espejo para beber de mi imagen, las gotas se vuelven espumosas, pero en el cementerio no cuentan con salas de espera. Escribió garabatos en un papel, mientras la tinta devoraba al lápiz. El borrón mordió al escritor, y el escritor tenía hambre.
Abrió la valijera. Allí encontró ratas, las ratas no eran caníbales, pero masticaban la oscuridad de sus ojos. Llevó las llaves a su cuello y saltó desde el primer escalón, al pie de las comisuras. En ningún momento abandonaré el arma. Un cadáver se ahogó en el vaso de formol. Apunté al esqueleto. Algo seguía moviéndose bajo las sábanas, y la cama estaba vacía. Cuando cerré los ojos para parpadear me amputaron la mano. Estaba muerto, y de verdad.

Excesos(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]
Éxodo umbilical no son sólo dos palabras de buen sonido juntas y sin sentido, es una contradicción ilógica que indica que estás pisando mierda de perro.
Y pensar que todo comenzó con un sencillo cartelito en la cocina, en la puerta de la heladera: "Demonios, que los líquidos aparecen congelados por la mañana si pasan la noche en el refrigerador". Hasta el simple envoltorio de chicle: "Mascar esta porquería puede causarle caries". Bueno, y los cigarros sin humo: "Estúpido cliente: su fumar nos vuelve ricos. Así que no pierda el vicio, hasta que este producto lo liquide de una vez por todas".
El Ayuntamiento en la calle: "Estamos haciendo mierda de la calle. ¡Aléjese pronto!". Para pagar el agua: "Esta puerta debe permanecer cerrada o le volamos los sesos, idiota". Al menos la escuela en su derecho: "Les cortaremos los dedos a los ignorantes. ¡Estudien, vagos! La Dirección".
"Exclusivo para adultos. Menores sólo si tienen buen dinero", en el anuncio periodístico. "Al carajo con los que llegan tarde", en la Sala de Emergencias, durante pleno feriado. "Lo alfombraré con las llantas nuevas. Mejor traiga la tarifa exacta", detrás del asiento del conductor del transporte público.
"Pare: calle para machos, dé media vuelta y lárguese con el rabo entre las piernas", señalización de la renovada autopista. "Sección de cagada enlatada. Se queja de los precios y lo esperamos en la salida", la bienvenida dentro del supermercado. La chapa de la patrullera que cruza un semáforo prohibido: "Conduzco como me plazca. Si denuncias te romperemos la luz roja a domicilio".


Antihéroe por naturaleza
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Aunque he querido ser el héroe del día, el asesino que vive detrás de mis ojos me lo ha impedido. El mismo que piensa detrás de los tuyos y de los demás.
Deja de preocuparte por el mundo, que el mundo se repara por sí solo.
Sin embargo, mirando arriba sólo veo la fotografía de cielo que Dios ha puesto para todas las noches, la misma fotografía que oculta la desordenada biblioteca de alguien que odia los libros.

El maldito Día de Año Nuevo retrocede(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

La radio se encendió como siempre, sonaba "New Year's Day". Acribillaban el cielo. Abrió los ojos en la oscuridad, se puso su remera favorita, la que tenía, y salió a desaparecer.
Esta noche no te puedo reconocer. Además, hay demasiada gente que nos acompaña en la cacería de sueños de esta noche. No tengo hambre, aún.
¿Qué quieren? Sólo beberán palabras líquidas hasta que los despierte. La calle parece más difícil sin perros. En la esquina golpean a un anciano. Él sigue en pie.
Hey, tú. No me interesa. Las chicas trabajan bajo las escaleras. Yo sigo acariciando la sonrisa de una estudiante en mi mente. Sin tan sólo las latas de aluminio no tropezaran con los pies.

Generación personal
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Own quiso compartir su soledad, pero las sanguijuelas clavaron sus colmillos en la piel de sus piernas, con la inundación al borde del cuello. Pero él sabe que el pueblo sigue marchando, callado, con el trapo de la bandera en la boca, pero trabajando al fin.
A pesar de ello, Own no se siente contento con haber sobrevivido a su día de furia y se pierde entre las tiendas, donde el dinero naufraga en utópicas ofertas. Pero todavía puede decir que nació en ese lugar y por las noches pasea en medio del mercado, con las manos atadas.
Y el cielo enrojecido sangra. Pero el amor se termina en el mismo día y ya nadie espera el siguiente turno en el estacionamiento del supermercado. La carta de renuncia sigue aún sobre el escritorio, o no desea que destruyan a sus jugadores postizos. El precio sigue adentro y el descuento en un cero.
Tendido por los pies del parapeto de la azotea. Own llega a ser sí mismo y no cumple con las reglas de tránsito, ni sigue los pasos para alcanzar el éxito. Es aquí donde reconoce a los fracasados en matemáticas, asesinan a los altos puntajes, vuelven sólo por eso.
Own, Own. ¿Quién es Own? No existe ni tampoco nos puede imaginar como realmente lo traicionamos. Y el juicio se realizó aún sin los culpables, así la comida de ayer se vende de nuevo. Own todavía tiene miedo de que el dinero vuele y absorba todo el néctar de las flores. Sin embargo, también recuerda que nació sin ningún llanto y al día siguiente era el líder de una generación natural.
Hasta que las hamburguesas fingieron ser de plástico y fue contratado para apagar los neumáticos incendiados. Entonces se dio cuenta de que al saltar del puente se tenía una buena vista de la ciudad. Los libros leídos son libros usados, en las escaleras rodando hasta encontrarse con el dios del diablo. El pueblo sigue sin hablar, lo hacen sus zapatos.
Lo garantiza Own.

La televisión no explica sus horripilantes profecías
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Sigue hundido en el sofá, con los ojos clavados en el televisor, sabiendo que a cambio le permitirán usar algunas palabras. Mientras las ideas sobre el futuro le están destrozando la espalda y el chico malo lo espera en la penumbra, con su arma temblando al lado de su pierna.
Sin embargo no consigue que la reina sepa que existe aún, sólo porque nació en el lado perdedor de la moneda. Por eso camina en predicciones y se inyecta la anestesia para evitar el pensar en que el fuego ha pulverizado las cenizas de la víctima, con el arma ardiendo cerca de una costilla.
El viejo mexicano se ha vuelto loco y cae al fondo del bus para romper la calma de la desesperación. Aquí el cobre se escapa entre las rendijas del suelo, aquí puede ser devorado por el detalle secreto que oxida las sombras de los pálidos árboles. Hundido en el televisor.
Y los ojos clavados en la seriedad de la situación, hasta un accidente mental en medio de las falsas monedas. La fiesta dentro del bus con llamas multicolores y en el arma carbonizada. Traduciendo el pensamiento en palabras de acero inoxidable, en un suspiro artificial lleno de crímenes improvisados. Tragarse la basura que se agita sobre sus cabezas y resbalarse de la soga, hasta terminar el capítulo final. Pero las manchas en el césped para la carrera a la hora de eliminar a la reina destrozándole la espalda con caricaturas animadas cuyo éxodo se pluraliza entre los desperdicios de escritorio. Confinados a pedir la palabra para hablar ante el comité de formularios.
El lunático está aquí.

Desintegración
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El héroe de un niño ha muerto y la ciudad está perdida
Dios no llegó al altar, la policía lo arrestó
Ahora están asaltando a un amigo, después le dispararán
Hay una navaja en mi cuello y no importa si estoy equivocado
Nos estamos quedando solos, la distancia nos derriba
Me han robado tu sonrisa de mis sueños
Y todavía no te dije que te amo
A un anciano le roban la vista y lo olvidan
Ahora están aplastando a los débiles, y es tarde
Hoy subastan el cuerpo de una muñeca de plástico
Es que nadie te conoce y no importa
Patean al perro muerto de hambre
Ahora todos tiran una flor marchita al mar
Todavía es tarde, también mataron mi amor
A pesar de todo, ya no importa si llega mañana
La anciana vende dolor en un canasto
Me es imposible recordar
En realidad, no estaba equivocado

Cuando no está el día
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Faltaría poco, si tan sólo no se precipitara el sonido en abrir sus ojos.
Con todos esos insectos transparentes revoloteando alrededor de tu reflejo en el pálido espejo. Algún sueño caminando sin salida dentro de la historia triste. Sin atravesar el encanto de flotar en un suspiro clandestino, ni encontrar el secreto en el bolsillo de la imaginación.
Y el pelo suelto, la figura resplandeciente que entonan una sensación inexplicable en el fondo del cielo del mar. Otra mirada coleccionable junto a una pausada sonrisa guardada cuidadosamente en una botella a punto de caer encima de sí misma, porque la noche es oscura cuando no está el día iluminado.

Alucinaciones
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El tenue rumor toca tus hombros, pero giras y sólo ves pisadas flotando en escalera. A pesar de ello el zumbido de avispas carnívoras rebotan en tu voz. Es que las veredas se dibujan de temblorosas líneas rojas y amarillas, muy intensas.
Mientras el sendero se ocupa de enormes trompos multicolores, que barren el rocanrol de las guitarras quebradas. No preguntes, el mundo es aire que se contrae y navega como brisa entre las espigas. Así cuando el pastizal devora a los intrusos, hasta cuando caes dentro del hoyo oculto, sin poder abrir los ojos.
Sin embargo, el sol ha eclipsado el lado oscuro de la luna y no crees en las cartas que pensaba escribir para pasar desapercibido cerca de las semillas de una naranja artificial. Es más trágico todavía y el explora el futuro para restarte el tiempo desperdiciado. O el puñal con forma de libro pendiente del hígado de café aún tibio.
El cielo se llena de trazos involuntarios, incandescentes. porque no intentas huir por los cables de la licuadora portátil. La sonrisa se deforma y se transforma en una mueca en el espectáculo del artista.
Un paso atrás significa caer en las alas de la pesadilla. Un golpe en los incisivos del estadio, que detalle en las rasgaduras quirúrgicas.


El niño metido en una caja para discutir con los rincones oscuros.

Perturbaciones para un Juicio Final
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Mentira. Que el azul está aquí. Es el blanco en la punta de los dedos, mientras tengo los brazos atados a la espalda, listo para el gran concierto en el cielo. Las calles están vacías y el viento da miedo.
Alguien apunta hacia arriba, allí vienen. Alados con las ráfagas endemoniadas. Derriban las sombras de los edificios, sacuden el polvo de los utensilios. El escarabajo ha dejado de cavar en mi mente. La oscuridad es blanca en la prisión de paredes terrestres, pero aquí sabes que la feroz tormenta se esconde en una nube pequeña.
Hoy he mirado afuera, durante el temblor de tus labios, en las rendijas de las comisuras. Preferirías sentir al sol en el desierto de langostas, hasta el frío aliento de las angostas cunetas. Los cristales estallan dentro de sí y los relojes corren sobre sus pasos.
Un majestuoso grito en medio del mar. Las fieras se refugian bajo las rocas. Todavía los oigo lejanos, mientras el rumbo se come la carretera. Los faros rastrean las líneas blancas que conducen al hoyo de la manzana en su crisálida.
El blanco delira en la punta de los lápices. Estoy parado sobre el blanco papel del sueño, y la realidad gotea en ella y se hace pedazos. No existen paredes, ni veo en qué se apoyan mis pies. Ellos tienen miedo.
Doy la vuelta a la cordura, donde el silencio está a punto de darnos una patada al precipicio. Las manos siguen atadas. Empuja la silla lejos de la mesa, que ahora se hace añicos desde su propio centro. El arma cuelga sobre la llama de vela. Respira.
Hablan con los ojos y se van. Es tarde para perdonar la condena.

La esquina apocalíptica
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Este titular perfecto para llegar al puente fronterizo, a punto de derrumbarse ante el desborde de la riada neurótica. Alguien diciendo "somos la generación que verá el fin de la humanidad", y luego ríe con sus amigos en la esquina, con gaseosas y hamburguesas inmóviles sobre la mesa. Mientras la luz se estrella a sus espaldas, en la tarde.
"Un hombre de 98 años ganó la lotería, al día siguiente murió", anuncian en la radio, pero es una avenida colmada de respiros que no se tocan. Y el mismo personaje con el pelo negro absorbiendo las señales eléctricas de su cerebro piensa que a los 40 años ya no tomará una silla para ver al mundo girar frente a su casa. Que no necesita ver su rostro en un afiche en el videoclub para que sus amigos levanten la mano para protestar contra el terremoto gravitacional.
Interrumpimos esta lectura para informarles una noticia de último momento: los científicos angelicales de los Laboratorios Divinos hallaron una gota de tierra sólida flotando en la retina izquierda de la mascota de Dios intergaláctico. En esa gota descubrieron a un ser humano y a seis mil millones de copias suyas; en quienes experimentarán toda clase de letales químicos emocionales, elementos que estos investigadores desconocen en sus propios organismos.
A continuación seguimos con el discurso de fin de siglo, a pedido de los esquineros.
Y en esa esquina estamos nosotros, mirándonos todos, y algunos amigos, tratando de descifrar si uno de ustedes es el humano original. Luego reímos y luego no.
La luz se ahoga a sus espaldas, dentro de un techo de vapor sólido, al este de la tarde.
Pero, al cabo, sólo nos preocupa saber qué sucederá ahora del premio de la lotería.

Atracción cognoscitiva
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Su verso era un pedido de ayuda, que se construía a sí mismo y se escondía dentro del extinguidor de incendios. Por lo que se apresuró en alimentar a los necrófagos con migajas de dinero. Pero su éxito duraba sólo hasta la llegada de la sequía en el tintero. Aunque los aminoácidos se reproducían con las luz solar, ese día olvidó ponerse el casco de distracción.
Colocó cada equivocación en orden lineal, fragmentado por la hipocresía. Nadie creía que fuera posible.

La vida como un paseo en automóvil
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Conectarse. Robar la música desde un automóvil a toda velocidad. Conducir con los dientes. Patear el rompevientos. Encender el automático cerca de la curva. Arrancar la palanca de freno. Acelerar.
Agacharse bajo la puerta. Jalar las botellas sobre el kilometraje. Saltar al asiento trasero. Crear el tránsito de contramano. Presionar el lanzallamas por la ventana. pararse sobre el techo. Atropellar un cartel luminoso.
Conectarse al motor. Acomodarse el casco al revés. Pensar como automóvil. Firmar la aprobación de tu licencia. A toda velocidad. Ser contravoz del viento. Cambiar de frecuencia. Conectarse al autoradio. Girar el volante. A todo volumen. Esconderse en la cajuela. Encender todas la luces. Enloquecer a la bocina.
Reclinar el asiento. Retroceder la palanca. Partir el espejo retrovisor. Meter la mano en la tapa de la rueda. En pleno movimiento. Resbalar. Sostenerse del contragolpes. Leer la placa. Atropellar las espinas. Desviarse hacia el desierto. Soltarse. Sostenerse del caño de escape. Aspirar el humo. Que chispea. A toda velocidad. Que escupe fuego. Quema. Esforzarse. Volver dentro del automóvil.
Perder las llaves. Golpearse la cabeza con el tablero. Perder el control. Jalar del cinturón. Romper el tapizado. Atropellar a la patrulla de policía. Ser perseguido. Agacharse. Escuchar a los balazos pinchar una rueda. Descontrolarse. Atropellar las señales de tránsito. Hundirse en la arena desértica. Alejarse del pavimento. Escuchar las sirenas detrás. Olvidarse de la carretera. Caer al precipicio. Saltar antes de caer. Oír un estallido.

El ilusionista que odiaba vivir al lado de sus vecinos
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

"Es increíble que sea famoso. Ya no queda nada por leer y el mundo me leerá". Pero si sólo ayer tu nombre aparece en la guía telefónica, brusco con la mandíbula dislocada. "Eso me importa un comino" y la sal que nubla sus ojos.
El relámpago fotografía a los criminales dentro de la casona oscura y abandonada. Casi a punto de estrangular la revista de mensajes eróticos. Cómo pueden los espíritus morar en un mundo material, mientras caen gotas de tintura de yodo en la llaga de carne viva.
La playa está debajo del pavimento, un mar impresionante flota bajo los edificios: arranquémoslos. No, ¿para qué?


Usted está aquí, a todos se nos pega en las plantillas alguna vez, alguna vez la rozamos con callos nuevos. La llaman Tierra cuando estamos aquí, ¿debería estar en otro lugar?

Sótano dadaísta
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

La actitud monopolista. ¿Mercantilismo voraz, no? "Detestaría todas esas fiestas estúpidas que aparecen cerca y lejos de mi casa si no fuera por la comida gratuita; el resto es basura". Y es el que queda último el que se lleva los lápices perdidos y las tarjetas en los asientos del bus.
Parada detrás del sol invisible o invitando a extraños a pasear al azar. No es natural si una persona cruza la calle para estar a tu lado, tiene la mano en los bolsillos y es medianoche. A menos que siga corriendo con un incendio en la espalda, aunque quemaduras en la mano debido al secador de pelo.
Sacados de un cuento cuyo final se modifica a cada instante. Pero a los tontos que viven dentro de cajas de cartón se los lleva el agua sucia de la calle. Y los pobres del basural hacen calefacción con el fuego del billete ganador de la lotería. Con la soga al cuello, pinta surrealismo en el vacío debajo de él, dictado por teléfono portátil. Al borde de la silla, que cucaracha derrocha piedras sobre el mar de cabezas rotas.
Paracaidistas en el puré de papa y clavos en vez de vértebras. Lavar las manos con los dientes, antes de hojear el libro de los rincones prohibidos de la región límbica.


Concurso de Escritores Perros
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Temática: ¿los libros de los perros muerden? Plazo de envío: 31 junio 2001, fecha espacial de los dientes caninos. Premio a robarse. No se aceptan seudónimos humanos. Sitio: Restaurant Chino Live Concert.

La frágil demencia del predicador
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Llévame contigo al campo, es temporada de frutillas, mientras las hojas se acumulan a ambos lados de la muralla. Sólo los árboles abandonados me dicen que esto es París. Uno no es suficiente para tanta soledad. Ahora que la niebla cubre los tobillos.
Que el cazador de estornudos sabe que llegó el invierno. Tiene un cuchillo, afilado con sueños perdidos, involuntarios. Sólo se refugia en el matorral y la víctima corre bajo sus libros. Cuando caes al hoyo y te rompes la nariz. Respiras sangre y la piel se coagula, un mensaje tallado en el tronco, pintado con la cruz roja.
— Sabemos que vendes dulces, no mientas ni se lo cuentes a la policía.
— Por favor, déjenlo en paz. Ya vendí mi televisor y el viejo refrigerador.
— Un millón. ¿Lo quieres completo? Un millón, el negocio es claro.
— No tengo de dónde sacar el dinero. Ya vendí mis cosas y la financiera está tramitando un juicio. Además, no bromee, por favor, tengo un dedo...
— Pero vendes dulces. Son ellos, los agentes, que te dicen que no pagues... Al cabo, igual recibirán su salario a fin de mes. Todavía se siente bien... sin dedo.
— Una rebaja, eso necesito. Sí, vendo paletas y caramelos, eso es todo. Estoy desesperada.
— No, nos engañas. Eres una mentirosa. Mi socio ya tiene otra caja y quizá decida aumentar la tarifa. Sabes, yo me podría comer sus ojos como aceitunas, y qué.
— Oh, no, no atormente de esa forma. Haré lo posible por el dinero. La policía no ha sido informada. Por favor suéltenlo, no sé qué decirles a mis hijos.
— Es tarde. Entre una mano o la pierna, prepárese a recibir otra caja. Sigue atado, sus manos hinchadas y azules. Sin un dedo. Un millón y será libre.
— ¡No!... ¡Salvajes! Dejen de causarle daño. Tengo el dinero. ¿Dónde lo quieren?... ¿Por qué les interesa que venda dulces? Díganlo, malditos...
— Lo siento. Mi socio dice que hay otras formas de hacerse millonario. Él tiene apenas doce años, ayer le repararon una última carie. Se lo devolvemos por correo, aunque por cuestiones tarifarias: en trozos. Pero la cuenta telefónica a nuestra factura.
Una caja, otra caja. Siempre del mismo tamaño. Siempre los martes. Luego del dedo, la rodilla con el clavo hasta la mitad, la nariz con las orejas mordisqueadas. Hasta la cabeza con unos ojos, o uno solo, todavía vivo para la circunstancia.
Sólo llévame lejos del predicador. Su hábito negro eclipsado por la sonrisa demencial. Una granada de la guerra mundial y un cuchillo de cocina. Se refugia entre las seis cuadras y el niño que buscaba helados. Los pasos en mis talones o tajadas para las vertebrales cansadas.
Que el agente asume superpoderes dentro del uniforme. Imbécil con un título de propiedad en las faldas del Olimpo. Eso no es París. Y el héroe no detiene las picaduras de mosquitos. Y los imbéciles le apuntan en medio de los ojos, cuanto más crece la línea blanca del filo, o collar para la víctima del episodio improvisado.
Saca el seguro con los dientes. La sonrisa no desaparece. Sí, es todo un predicador. Los agentes pierden la cuenta con cinco dedos de la mano. Con el diestro apuntan, desde luego. El niño no hace nada, mira arriba. Así que el trozo de queso sale de órbita y golpea al predicador en la cabeza, y entonces decide ser imbécil.

Pánico en medio de la cesta de pescados
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]
(Esta es una historia que se independizó de sus siguientes episodios).

Cabral se despertó una noche y fue a la cocina. La ventana tenía rejas. Asomó por la ventana. El patio trasero era pequeño y había un foco que alumbraba apenas, encima de la ventana.
Sin darse cuenta alguien estaba en su patio, tarde por la noche. Cabral se fijó y descubrió que le estaban robando la ropa húmeda del tendedero. Alguien se dio cuenta y corrió hacia la ventana. Cabral se asustó cuando sonaron dos disparos. El primero se desvió en las rejas, mientras que el otro le rozó el brazo. Pero Cabral logró esconderse detrás de la heladera. Y el ladrón disparaba muy cerca de la ventana. Un perro ladraba auxilio a cinco cuadras de allí.
Así fue. Cuando Cabral despertó se enteró de que le habían amputado ambas piernas, pero tampoco sentía tacto en su brazo derecho. Sentía dolor en la mano izquierda y en los bordes de los ojos se había acumulado mucosidad. Se salvó.
La enfermera entró al cuarto y le cambió las vendas. Sólo dijo que tuvo suerte, además de despertar del estado de coma. Tenía un tubo de plástico metido en la nariz. Tenía vendajes alrededor de la cabeza. Vio cómo envolvía en plástico negro los restos de cuero cabelludo, disimuladamente.
A las cinco llegó el doctor. Le dijo que habían subastado su casa y sus cosas para poder pagar el tratamiento. No lo dijo así, pero ya no tenía nada, sólo el nombre, quizá.
Al día siguiente vino el comisario y le dijo que seguían investigando, que no se preocupara porque ya tenían algunas pistas. En realidad, sólo tenían la fotografía de una pisada de zapato.
Cabral sólo escuchaba a través del vendaje; tres días antes le habían extirpado las cuerdas vocales.

Aventuras en el estadio del mal tiempo
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Si por casualidad hoy es domingo y se avista un tornado no asistas al estadio para ver fútbol.
Como en aquel histórico amistoso, repleto de gente, luego de una penal fallido y el juego a mitad de cancha. Cayó un rayo sobre el balón y se desmayaron todos los jugadores. Entonces cayó el tornado entre el césped y todo fue caos.
Mientras la gente volaba alrededor y gritaba, mientras las graderías se hacían pedazos y las ráfagas atacaban desde todos los lados, cuentan que venía un joven en su bicicleta. Así, él esquivaba los restos de proyectiles, la gente que caía también, sobre la calle.
Su bicicleta llevaba una calcomanía que decía TrenVeneno.
Afinó la vista a tiempo para escapar de otro rayo. Algunos creían que podía volar, pero nadie apostaría nada por su bicicleta en una carrera. No volaba.
Sin embargo llegó al estadio y aceleró la marcha, TrenVeneno impactó contra un enorme bloque de concreto y se elevó en el aire, luego desapareció dentro del tornado.
Poco rato después el maldito vendaval se debilitó y cayó, como una gran barra de hielo. El viento se detuvo de girar, y las cosas y la gente flotaron un segundo sobre la altura, luego se desplomaron. Y ya no fue el mismo estadio de antes.
Algunos dicen haberlo visto por la calle Conspiración.
TrenVeneno, el joven que paró un tornado con su bicicleta.

El hombre que cumplió años en una ambulancia
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El cumpleaños de Don José iba a ser mañana, mientras dos vecinos de su edad discutían junto a él sobre el mejor boxeador de todos los tiempos. Que Clay, que Marciano, que Louis. Y la noche tejía sus sombras en el patio trasero.
Pero el fantasma del futuro tendió su invisible dedo y Don José fue el sorteado. Así fue. Lo supo poco después, cuando sus arterias comenzaron a estrangularle el corazón. Y la voz se le fue, la discusión se perdió, los boxeadores quedaron donde estaban.
Se siente como un micro agujero negro que se traga todo el cuerpo desde el pecho. Posan las manos sobre las costillas tratando de que no se escape el último latido. Y el músculo se declara en quiebra, para luego ahogarse en su propia mercancía. Todo en un crispado.
— Pronto, llamen a un médico, a la ambulancia. Una ambulancia.
Y la ambulancia llega. Estaciona frente a la casa, con el motor y las luces encendidas. La camilla se sumerge en un corral de vecinos, hasta el fondo, hasta Don José. Los enfermeros lo cargan, e inmediatamente vuelven al vehículo. Y la ambulancia se va.
— Caray, Don Zoilo, no pensé que a José le iba entusiasmar mi broma sobre Marciano.
Al rato llega la ambulancia. Estaciona frente a la casa y los enfermeros llevan la camilla al fondo. Los vecinos ya estaban en la calle, murmurando de otras noticias.
— Oiga, doctor, otra ambulancia acaba de llevarlo.
— Imposible, está es la única ambulancia del pueblo. No hay otra.
Y era cierto.
Observación: el paciente nunca fue registrado en el único hospital del pueblo, ni en los de pueblos aledaños. Aún así, Don José no era luego una persona importante.

Muertes asombrosas
Una trilogía donde morir es absurdo
Episodio I: Al que trabaja, el trabajo lo mata

(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Muy buen tipo era el carpidor. Hablaba poco y trabajaba mucho, pero bien. Comía poco, gruñía bastante. Cobraba poco, cortaba la maleza.
Lo contrataron en la pradera. Caminaba diez hectáreas. Así, con su ropa de todos los días, con las huellas del trabajo de veinte años seguidos. Más un machete con mango terminado en una curiosa forma, la de una cabeza de pato. Decían que lo sacó de un paraguas viejo.
Comenzó a las 6.30. El machete devoraba el pastizal, lo aplastaba con un filo de rojo vivo. Las manos se ponían verdes de sangre. Mientras los cadáveres vegetales caían a su espalda. Él seguía adelante, agazapado, sin pensar mucho.
A las 13 se acomodó bajo la sombra de un árbol solitario. Sostuvo una siesta de media hora. Después siguió trabajando. A las 17 comenzó a oscurecer. El sol se despedía a las 19, sin embargo. Sin dudas, todo se nublaba por arriba y sólo faltaba el agua.
En la pradera es un panorama impresionante. Al borde de la lejanía podía verse esa enorme barrera negra que construía la tormenta eléctrica. Con el suave viento empujando a la maleza, luego menos suave. Y el carpidor seguía trabajando.
Las gotas en el campo son más grandes, como si los citadinos muertos escupieran encima. La lluvia cayó con fuerza. A la derecha sonaron los tambores crujientes. El carpidor, obstinado. Sabía que si no terminaba la tarea se le acumularía con el trabajo siguiente. En tanto la maleza se ocultaba bajo la lluvia y el machete mordía barro fresco. Seguía carpiendo bajo la torrente lluvia.
Al cabo la lluvia se cansó de juegos modestos. Estornudó un relámpago que aterrizó en el filo del machete. Potente. Y sin reacción, el mango tallado en forma de pato tampoco sirvió, y los electrones celestiales frieron al carpidor.
Poco después se pudo escuchar el trueno.

La verdadera historia del verdulero terrorista
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Nadie sabe, nadie supo, la verdadera historia del verdulero terrorista.
Un sábado a la medianoche ingresó al departamento de Ña Tota, por la incómoda ventana en el tercer piso. Logró anestesiar al chihuahua con ajo súper especial. Y seguía su plan, seguía sus segundos en orden creciente. Era hora del escarmiento de Tota, que le debía ya 76 kilos de verduras fiadas.
Cargó la heladera con unas pequeñas cebollas rojas. Y se fue. El arma perfecta para el desayuno de las once. A horas todavía. A horas de las once.
A las once.
A las once Tota se levantó como todos los domingos. Fue a la cocina y abrió la heladera...
Las cebollas guardadas en la oxidada heladera habían evolucionado parasitariamente durante el resto de la madrugada. A las once la gestación estaba casi conclusa y la explosión era inevitable.
Abrió la puerta y estallaron cinco kilotones de cebollas sangrientas.
El estallido se llevó a su paso a la deudora de sesenta años, de noventa kilos, de 1.61 centímetros, de 36.7 grados, de 110 voltios, de mil billones de células canosas.
Nadie hacía caso a una explosión de cebollas a cinco cuadras a la redonda en un domingo a las once.
El humus vegetal se evaporaba por la ventanilla del tercer piso.
¿Qué se sabe, se supo, luego de Ña Tota? Bah, se salvó gracias al 80% de grasa en su organismo.
Ahora le debe 76 kilos de verduras fiadas más cinco kilotones de cebollas rojas al verdulero terrorista.
Esta historia continuará...

copyrigh 1999 cmg, derechos sólo míos
prohibida la reproducción intencional y ocasional del material. únicamente para usufructo mental. los infractores serán perseguidos y acosados por helicópteros Lobo del Aire que intermitentemente arrojarán yunques pintados de verde (para caer bien con los ecologistas).
texto, dibujos, fotos, ideas, producción, guión, frases, mensajes, desinfección, pasteurización, parodias, confusiones, idioteces: carlos m. giménez o.
la dirección literaria no se responsabiliza de todas las opiniones vertidas, sólo eso...

Documentos Secretos:
Experimento Filadelfia 26
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El Capitán ya había ordenado acelerar la marcha al máximo. A la medianoche estaba marcado el instante del experimento electromagnético. El barco había llegado a su máxima velocidad, unos 375 Km/h. En la cabina de control: el Capitán ingresó el código secreto al tablero especial, luego se habilitaron unos botones sin indicaciones. Presionó cinco de esos botones.
En ese instante se escuchó un zumbido magnético que rodeaba al navío.
Horas antes el Capitán ordenó encerrar a los pasajeros en sus camarotes y no permitir la salida del sector de baile, donde la orquesta a bordo ofrecía un gran concierto. El barco surcaba el mar fugazmente.
La situación parecía normal dentro de la cabina. El Capitán abrió la puerta hacia un pasillo lateral y pudo comprobar que ¡el barco se había tornado invisible! Incluso podía ver la superficie del mar donde se estaba posando y el oleaje que se formaba encima. El barco seguía allí, podía pararse encima, pero mientras el Capitán parecía flotar en el aire, la gigantesca estructura seguía su caudaloso curso de navegación.
El experimento resultó un éxito. Pero faltaba una segunda etapa: como habían llegado a un área muy fría del mar, el Capitán había ordenado mantener la gran velocidad y dirigirse directamente contra el iceberg más grande que capte el radar. Así fue. De acuerdo a los estudios, el electromagnetismo implicaba una extra temporalidad de antimateria.
A escasos kilómetros del objetivo el agente secreto Elmer, guaireño contratado como marinero, exhibió un revólver en la cabina e inutilizó a balazos el tablero de experimentación y luego escapó arrojándose al mar. El barco volvió a ser visible, material. El choque con el iceberg era inevitable. Apenas se pudo virar un poco, pero el impacto lo partió por la mitad. Se hundió, se hundió el experimento, el Capitán, los pasajeros, la tripulación y Leonardo DiCaprio.

Ella está loca por mí
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Había recorrido la galería de La Recova. Me compré una artesanía indígena. Luego crucé Colón y pasé frente a la fachada de la Aduana, siempre atestada de cajas frágiles. Llegué al extremo de Garibaldi. Sus autos mal estacionados, rodeados de vendedores de frutas, carretilleros y comerciantes sin oficina. En la otra vereda estaba el copetín "Cosmos".
Ella estaba sentada, en una mesa, en un rincón, con una sola silla vacía enfrentándola. Me senté sin mediar palabra. Ella tomó un sorbo de su tasa semillena de café. La miré fijamente un momento. Ella sonrió y se quitó los lentes oscuros.
Ella tan impresionante, tan desconocida. Y yo enamorándome una y otra vez de esa misma mujer.
Entonces me dijo:
— ¿Tienes el equipo?
Le contesté que sí, tratando de memorizar el dulce tono de su voz. Y empujé el maletín que tenía al lado de mi silla cerca de sus largas y finas piernas.
Ella me miró una vez más, con profundidad. Luego tomó el maletín negro, se levantó y se fue. Tomó un taxi, fue al Aeropuerto Silvio Pettirossi, tomó un avión y viajó rumbo a Irak, llevando consigo el equipo termonuclear listo a ser activado.

El agua te habla
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El Departamento de Salubridad del Gobierno indio ha emitido el siguiente comunicado:
"Todo ciudadano que desee vivir más de cien años deberá bañarse y beber ocho vasos de agua limpia todos los días".
— El agua te habla. Me estás por beber.
Roque tenía sed y se quedó con el vaso de agua en la mano.
— El agua te habla. Bébeme.
Roque recordó la escena de Alicia en el País de las Maravillas.
— Bébeme y tendrás riquezas y poder. Mucha fama.
Roque miró dentro del vaso.
— No concedo deseos, los cumplo.
Roque supo que el agua le hablaba, tiró el vaso al aire y salió corriendo muy lejos.
Roque corría con todas sus fuerzas, sin mirar atrás. Corría. Ni izquierda ni derecha. No se detenía. Por la calle central. Mudo del susto. Ya anochecía, las piernas le empezaban a doler. Blanco del miedo. Paró.
Descansó del susto. Era de noche ya. Estaba lejos del pueblo. Levantó la cabeza y vio un bar con lucecillas de Navidad. Pidió un trago y se sentó enfrente.
"Si la cerveza me habla es porque estoy ebrio".

Efemérides nazi
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El tigre imponente. Vas por la selva, miras atrás y no ves nada. Miras otra vez y las moléculas del silencio se aglutinan en franjas felinas. Los tigres son impresionantes. Ahora quedan menos de cinco mil en todo el universo. Eran cien mil. Extinción aquí y en el balde. Sequía en los Andes y tifones en Bangladesh.
El Año del Mundo se celebra en una colonia alemana en medio de Pantanal, cien años después. En pleno ritual. Hablan de Guyana y Kosovo. Merodea el tigre hambriento su aldea de oro judío. Sus alcobas de seudo genios. En la aldea vecina a 50 Km le llaman divergencia mental.
El Año del Mundo se divide en dos: quienes cazarán al tigre y quienes formarán su pueblo de cazadores. El poder. Vértigo de odio al servicio de la ciencia remota. El tigre es un felino introvertido que huye ante la presencia del hombre farsante. Los colonos son fanáticos de su patria muerta, y el Ángel de la Muerte llega a ver la marca de sangre de corderos en sus manos.
El hombre mata animales y también mata al hombre. Ambos mueren.

El personaje desmembrado (Terror B)
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Voy en bicicleta rumbo al Shopping del Sol asalto una veterinaria por el camino libero a los perros, aves y conejos hacia la calle usurpada por automovilistas veo a mi lado conducir a Freddy Krueger invadiendo la península peatonal del Parque Ñú Guazú sus garras metálicas desgarran un pedal del bicicleta que Cerro Porteño necesita un delantero definidor necesita un Jesús personal para que Depeche Mode saque un disco con el amor que no encaja con mi ritmo de vida no tengo dinero ni hombros biónicos tampoco historietas de El Fantasma me avisó de luces azules por las noches son los marcianos sintonizando a Huey Lewis y The News

Agujero negro
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El mundo sin pasillos. El tráfico atascado, auto biodegradable, reciclaje de pasos en estrechos bloques de pegamento. Hileras de automóviles muertos en la supercarretera, la velocidad más alta, más fuerte, más rápida, reducida atrás. Personas del mundo en los pasillos entre los coches. ¿En qué estará pensando ella en el asiento trasero, el sol apenas. "Yo puedo asesinar porque yo confío en Dios", en el receptor de patatas fritas. Luego baja el volumen de su mente para escuchar al resto del universo, atrapado en el faro electrizado, bajo un árbol de cierto.
Mírame. No pueden detenerse de mirar a la luna, despedazándose con cada kilómetro más cerca del sol, apenas entre el oxígeno, el neumático respirando gravedad de carbono. Estoy en las tiendas durante el Día de la Basura, a pesar del peso del techo. Sí, ahora mucho mejor, sentirse en la playa del sistema de cable, escuchando los crujidos de tu oído interno.
Y el mundo presiona los ojos de ella contra su mente, alejarse de sus pies, con el llavero de cráneo incendiándose de golpe. Trizas, los coches contra la sed, si no que los muebles cobran vida, luego huyen durante los comerciales. Sí, la evolución a la vuelta del grifo. La raza negra con capucha blanca y cruz de trinitrotolueno, los indios remitiendo explosivos por correo privado, yo y el entrevistador ensayando firmas sobre la capa de hemoglobinas.
Todo el mundo atorando el pasillo entre los coches, un balazo en el motor, mientras aún queda lejos la mesa donde cargan el plato, más adelante lograron pasteurizar los productos tóxicos, que el viento se vuelve más temprano. Mercurio y Venus son manchas negras en la corteza solar, la luna hace instantes, y el sol se nos acerca por la vereda, sonriente?

Fin del Mundo - segunda parte
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El mundo es como un insecto que agita sus alas y se dirige directamente contra el vidrio de un automóvil, en plena carretera nocturna.
¡Que comience el conteo para el fin del mundo!
Pensar que en esa carretera, en las carreteras que la cruzan, en las calles que cruzan esas carreteras, en los callejones, en los caminos, senderos y pasillos siempre ha estado esa gente invisible, sin nombre ni presencia segura.
Gente sin documentos de identidad, sin tarjetas de créditos, sin licencias para conducir, sin carnets de asociaciones, sin registros, sin recetas médicas, nada que diga quiénes son y de dónde. Es más, tampoco tienen vecinos, familiares, amigos, enemigos, nadie. Nadie los ve, pero están allí, tan reales, tan invisibles.
Y cada noche seguro desean que todo acabe, que el mundo termine; desean no volverse a ver al día siguiente, dormirse por la noche y nunca abrir los ojos otra vez. Esa gente jamás se decepcionaría si nunca vieran el final de la película, si nunca se enamoraran o nunca cruzaran al otro lado de la ciudad, la ventana. No lo necesitan.
Dios sigue conduciendo por la carretera cósmica y un insecto queda aplastado en el parabrisas de su automóvil.

La sala de recuperación
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Yo soy mi enfermedad. Soy el virus criminal que lame la infección de mis talones. Y lo que te enferma está frente a tus ojos, es lo que envenena tu corazón con cada latido, es lo que mantiene unidos los huesos del cráneo. Pero, ¿quién acusa de suicidio a la muerte natural? La autopsia no reconoce al asesino, y se escapa por mis narices. Ahora podría dejar el cadáver en el suelo y ser parte del enemigo, de la muerte que desprecian los muertos. Luego llamar a insectos, y nacen del aire atómico y comen su parte, y la mía.
Mientras el aliento se atora entre las caries puntiagudas. Y el desconocido trata de convencer de que no es médico. Aunque lo fuera no valdría. Después sus huesos quedarían también sobre el plato, en el centro de la mesa, con los utensilios sin usar.

Anarquía en el taxi
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Los empresarios del capitalismo salvaje golpean la puerta de su automóvil. La cultura de perfume no atraviesa los vidrios bastardos del taxi. Igual, que la pequeña mano muestra cinco dedos y más abajo cinco años de pobreza. Y el juego se vuelve tenso, mientras los cuatro hermanos se sientan cerca de la estatua de un asesino frío, muerto por sus remiendos.
"Invítame a sentarme a tu lado". El bostezo del cañón causa erupciones en la piel vítrea y la pegatina se desprende sobre el volante: "Dios morirá conmigo".
Agazapados como tigres debajo de la superficie del charco de soda, tal que sus bigotes simulen el código de barras del frasco de aluminio volcado encima del cuero ejecutivo.
"Rayos", que el anciano promete erradicar la contradicción. Entonces afiliado con un pasaporte de hortalizas parisinas. Los leones escapan del coliseo y abordan su taxi. Tarifa sobre rueda, señores: "el gobierno me quitó mi hogar". Que llevo un cementerio de lagartijas engripadas en la cajuela, mientras los espárragos decoran el motor de reacción nuclear.
Y no los llevo a destino porque el paraíso termina en el almanaque de bolsillo. Aquí se bajan y el retrovisor los filma para comprimir la carretera de buitres fosilizados. Pero el taxista no recita frases célebres, sólo pasa la noche quemando combustible encarecido.
La dama cruza las piernas; habla del ministerio de salud. Sin más el ensamble con el enjambre de hierro, luego un certificado de defunción a sus zapatos. La cera se derrite a medida que el cigarro crema los cadáveres de los pasajeros. "Vivo aquí, y nadie más", repiquetean como timbres de usurero árabe los surcos obsesionados en el guardabarros trasero.

Calabozo dentro del cráneo
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Siempre es tarde a la hora de equivocarse, dice el trago en lo oscuro del veneno radiactivo. Sí, y se demuele lo obvio, disfrazados de cajas inútiles, entre los rayos fotográficos, en la esquina de las ratas arrolladas. Fuego bajo las plantas de las uñas, en el terror del trapo imperfecto. Una silla para la patada inevitable, aquí que todos los malditos sueñan estar vivos. Aquí sólo para marcar un territorio perdido, estropeado como huellas en la orilla del centavo. Refugio alrededor de las náuseas destripantes, ese dolor en la boca del cuello, en el fluido de la mirada. La basura estorbando la retirada. ¡Corran, cucarachas! No vale más cambiar de canal, de todas formas la estaca asesina al sillón presidencial. Y las ruedas se estropean en el rojo tumor de los gritos ahogados en una bolsa negra.
Es odioso. La cabeza gira y golpea el hierro, el crujido suena desagradable. Otro golpe, y otro más. Por favor dobla el maldito hierro por la mitad o te asesinará. El crujido penetra en los ojos y se le caen trozos de fuego por una oreja reventada. Lo ha hecho mal. Ahora prueba este martillazo salvaje, entre la estúpida idea y el muro de aserrín. Sí, que se distorsiona el mundo desde aquí, para caer dos veces en las mismas astillas. Para no regresar al calabozo dentro del cráneo. No podría estirar una mano, porque arrecia el fuego fuera de la casa, sino mira por las ventanas derritiéndose. Auxilio, grita un transgresor, que se ahoga entre las ramas de humo. Desplomándose de espaldas la silla del cajón llaveado. Jala la palanca para salir volando alrededor de aquella expiración espumosa.

Sangriento lunes sangriento
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El olor de restos de comida en el cuarto oscuro. Se me quiebran los labios de la boca, semiabierta y con ganas de gritar en vano. Uñas fusionadas al soporte óseo, rasgadura infecciosa al borde de la piel seca. La fricción en los ojos presuntuosos y la banda ensayando a espaldas de una silla. Si nadie se sentara en ella.
De pronto el impulso de acercarse a la ventana. Mis amigos miran por la ventana, miran y me ven como la profecía infundada. El sepulcro en el barrio casual. Cuando el cielo se pone al revés y cae el silencio como nieve de polvo, como sal comprimida en las fosas nasales. La calle muerta. Mientras el pavor coloca sus cabezas en la guillotina del asombro. Hombres pidiendo sepultura sobre el pavimento.
Ahora el temblor histérico en el tejado, se libera el resorte. Así las mancha oscura y fría va absorbiendo el claro de un lunes malhumorado. La nube de esferas irisadas golpea la alfombra. Uno de ellos trepa el estrecho y es consumido por la gravedad. Cuando las flores sólo sean espinas grotescas, los insectos libarán toxinas en el vertedero de ex humanos.
Creo que las vitaminas están provocando úlceras. No sé si serán las astillas de acero clavadas bajo las uñas o la acumulación de ácido estomacal dentro del cráneo. No duele, duele si una gota de luz ingresa en el recinto y perfora los nervios ópticos. De eso hace tiempo, hoy la ventana da vista a la oficina de unos detectives. Fue increíble, sin embargo. Ah, y la banda finalmente publicó un disco, para luego desaparecer sin llevarse nada. Tal como sucedió el día en que al niño de ocho años lo vino a buscar su amigo invisible, dormido en el suave viento del lunes.


Participá del sorteo(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Ganaste un número al azar, el sorteo es al azar, el ganador es al azar, el premio está bien. Una licuadora portátil. Con cuatro velocidades ultrasónicas. Cuchillas con detecciones de radar. Manijas para el transporte plástico. Color crema. Conector protegido de voltajes nerviosos. Compartimiento especial para guardar monedas pequeñas. Nombre del electrodoméstico: hts. Enviá tu respuesta a hts@concurso.paf a la atención de hts.

Callejón con vista al mar
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

No es bueno correr más tiempo si suena mal. Una vuelta a la rueda, arrancar la página desechable del viejo reloj. Pero hay guerra en el imperio de gatos callejeros, la noche es su aliada. Riéndose desde dentro de una roca, la roca es quebrada y los aplastamos. En el hueco de la pelea: una llamada del asesino: no me siento bien, dice: no, no lo hagas, recuerda: vete a la cama sin dormir.
La calle de la locomotora como fruta que cae del manzano. Allí, la mujer que discute con sus dientes. Detonaron un sofá. Ya lo veo: en el piso por construir. Callejón de multihéroes, en la oscuridad de la basura, el mago conversando con una media en su mano. La portada del periódico perdido de 1986 o la tabla de metales ligeros, sólo para la camada de cachorros durmientes.
En la gente siempre habrá alguien intentando prender la luz. O quien sepultaría a los hambrientos atropellados por la trituradora. Destapa la botella para beber un sorbo de su propio aliento. Ni una sola gota y el fuego pulverizando la edición especial de 1982.
Volver a enamorarse del pan de ayer y de la leche enmudecida. Compartir el frío junto con los desgraciados y confesarles el sueño del menú ideal. Pensar en ellos y la pala rasguñando la tubería de gas. No es aquel el abogado que escribía canciones para su toalla personal.

Y
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El motociclista acelera. Luego se estrella con el futuro: fin de la meta. Que desea ser poeta, pero luego se estrella en la vereda, del vecino izquierdo. Es policía y quebró ideales, ayer, mientras los jóvenes fumaban; hoy, tiene libre, luego riega su jardín y el corazón le falla.
La fotografía de mi dolor de espalda, alfilerillos en la córnea. En la carrera de caballos, cuando se tensa la cuerda y se cansa de hablarse a sí mismo, reflejado en tus ojos. El casco, como apéndice mental, y las ganas de renunciar al perfume de tu vocabulario.
Anestesia en el aliento de ayuno y estrangulación en el cuello del estómago. Los rebeldes con sus banderas, arrastrándolas por el suelo firme.

Ese día que no debió ser
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Ese día en la línea telefónica se oían risas de miedo. Los insectos invadieron el cadáver. La carne estaba servida sobre la mesa, las ventanas seguían abiertas y la casa vacía.
Un viento de misterio patrullaba los pensamientos. Volvería como en aquella noche en que todos los niños reventaban de horripilantes pesadillas. Cuando el cielo estaba abierto para que bajase la enigmática oscuridad de los ojos.
— No teman, hemos venido a vivir con ustedes.
Oculten todo lo que tenga filo y no oren con la puerta abierta.
Muy tarde, se apoderaba de convulsiones, el ensordecedor ruido a huesos rotos, desgarrados, casi hollados por sombras desfiguradas. los perros vomitaban su hambre de gusanillos resecados.
Dos pasos en una calle abandonada. Las luces del jardín se marchitaban a golpes furiosos. La casa de juguetes no tiene candados.
— No te vayas. Te dolerán las sanguijuelas en tu corazón.
Un desesperado martilleo sacude una caja de cerillas. Las moscas muerden el aliento. Cuando corres no llegas a escaparte, porque las ramas de los árboles apuñalan la piel del suelo; ahora los relojes no pueden indicar la hora en que saldrá de prisión del crepúsculo al amanecer.
El sudor se evapora sobre las venas. Nadie sabe de dónde vienen, ni tampoco ese agudo silbido en el aire. Mientras en un trozo de espejo se reúnen las máscaras del desconocido. Una pared parece invisible, pero en la cama reposa un sombrero. El extraño está aquí.
Tanto que buscaban un refugio entre viejos sepulcros. De pronto se incorpora en el mismo rincón, con el rostro blanco, mucho más que el polvo de ayer. La mirada atrofiada en una falla del pasado, inmóvil e indiferente.
— Vuelve, vuelve. Sabrá dónde nos hemos ocultado.
Los gritos tiritan los cristales que perforan los labios. La oscuridad ha devorado el fuego de las únicas velas. La densidad del agua maldita alcanza los tobillos. En la puerta golpean gotas de sangre. Acaso el sol está tan lejos todavía, de la tenebrosa imaginación.
Hormigas que huyen del gemido macabro. Hasta el limbo suena apetecible. Tal hedor a acetona que no permite arrastrar la bolsa mortuoria. Como el fantasmagórico placer de cortar los dedos al cerdo descuartizado por los hachazos del comisario.
No le apuntes entre los ojos, si no lamerás el cuchillo que el sacerdote olvido sobre el libro, de destruir. En aquel bosque patean una cabeza, la que abandonó el sombrero para estrecharse entre almohadas de espinas. Siente la agitada respiración cerca de su espalda. El maldito día guardaba culebrillas pegajosas a través del oído del ciego. Pero aunque aprietes fuerte los ojos continuará parado ante ti. Recordaba en silencio el humo apagarse en su nariz o las lombrices arando bajo la piel de los brazos.
Por qué rompe sus narices contra las piedras, por qué arranca sus cabellos con los dientes, por qué introduce las quijadas por su ombligo. No responden. Porque sus viscosas lenguas estrangulan sus gargantas, mientras las vísceras cerebrales le provocan dolor a su mente.
Temblor en las puntas de los dedos. Cinco disparos entre las ratas de cocina. Ahora el sexto. El guardia olvidó cómo maldecir. Quisieran escapar de sus venas, mientras las ventanas se profanan por las temibles miradas. Esta vez las puertas no soportarán.
Señala por última vez el crucifijo sobre la mesa. Engullir arácnidos disecados. Escondido en un rincón, bajo las sombras. O las garras aprisionan su cuello, como desangrando un tomate contra el cráneo. El sueño ha huido cuando todavía seguía nublado. Tambores frenéticos enterrados entre costillas. Han venido para vivir aquí.

El hombre que perdió la vida en sus sueños
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Nada peor que los ojos censurados. Atados fuertemente alrededor del cráneo, con esa oscuridad perturbadora. Y espacios para escuchar los movimientos extraños, debajo de la cortina lejos de la luz blanca. Ceguera artificial, ceguera de ojos.
El periodista Sek despertó dentro de su sueño, acosado por una pesadilla en su vigilia despierta. La luz amarilla nublaba su vista en el pequeño cuarto de suburbio. Los Host estallaron la puerta y afuera destrozaban el vecindario de ahora. Lo empujaron al suelo y le dieron puntapiés en el rostro. Luego le doblaron los codos hacia la espalda. Le arrancaron una pierna y con ella siguieron golpeándolo en la cabeza.
Uno de ellos revolvió su ojo izquierdo con una cuchara, mientras su mirada se escurría sobre su mejilla. El dolor. Todos estamos preparados para la muerte, pero no para el dolor. El dolor nos da miedo. Hasta en sueños el dolor nos persigue con colores de pesadillas.
Sek estaba paralizado por el dolor, en el centro de miles de Host. Sobre el suelo húmedo y mugriento. Con un ojo viéndose desde arriba, sobre él la luz amarilla, simple. Hasta que uno de ellos decidió apretarle la nariz un rato. Ese dolor tan desagradable.
Así fue como Sek fue asesinado en un sueño espantoso. Luego de morir despertó en el mundo de la luz blanca, pero el dolor ya se había adelantado y lo esperaba también allí.

Los sucesos increíbles de la calle Ontíveros
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Cuando los Hombres de Negro llegaron a la casita de la calle Ontíveros parecía normal por dentro, desde hacía cuatro meses. En la sala estaba el sofá favorito de Don Agustín, y él encima; un irreconocible montoncito de ceniza grisácea, con sus zapatos cerca y con más ceniza dentro. Los forenses comprobaron que hubo combustión espontánea. El sofá, los zapatos ni la alfombra daban seña de quemaduras. Ni siquiera el techo tenía manchas de humo ni existía olor semejante. Pero el tipo ardió, probablemente a tres mil grados de temperatura, llevándose todo el organismo y su ropa a un estado destruido de la naturaleza.
No encontraron otras pistas.
Hasta que los Hombres de Negro descubrieron accidentalmente al Monje Loco como vecino de Agustín. Fue dos horas más tarde, cuando salieron al jardín a mordisquear una tarta que hallaron en el refrigerador. El horripilante y deformado Monje asomó por una ventana lateral; su cabeza con largas canas en extinción golpeó el marco, al tiempo de mostrar su desdentada boca en tono de sorpresa.
Los Hombres de Negro fueron corriendo, derribaron la puerta a patadas. Luego, en la oscuridad reinante dentro de aquella casa, derribaron cosas y aplastaban cosas que se arrastraban sobre el suelo. El Monje Loco subía desesperadamente las escaleras, cuando le dispararon en la espalda un balazo que lo desintegró orgánicamente.
Desmontaron el laboratorio secreto del Monje para convertirlo en una licorería ilegal. Los cargos en su contra continúan sin efecto en el Tribunal Supremo, porque lo declararon desaparecido, perdido, escapado, fugado, abducido.


Fosforito luqueño(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El incendio postizo te deja en la calle urbana, con una cama de cenizas y unos zapatos de carbón.

Sueños extraños
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Despeja tu psicomente, has llegado a la ciudad luz. Un día te dormirás en sus calles, caminante desfiladero. Así un entre sueños pasajero. Cali e Ipanema.
Cuando yo llegué estaba el día sobre el pie de la noche. Un vendedor de narcolepsia con los documentos en zeta. Todos dormidos, de repente, en pie. La gente camina dormida, con los ojos en REM fluctual. Mi sueño es nada, entero de nada, en este mundo de bostezos. Sílabas interactivas, que soy mi lado consciente.
Un día volveré por la tarde, y el sol se transporta de un oído al otro, sí, que las monedas ya suenan en la lata cerca, de los zapatos de piel natural. Un tren de Tokyo a Los Ángeles, martilleo, paulatinamente, te pierdo de mi memoria. Como la dinamita de papel glasé, un estornudo de voluntad.
Y2K y cinco segundos para correr a pie, acostarse a dormir, el sueño de vivir en el sitio despeñadero. Despierte, gente, que cae en aserrín del desdén. Así día tras día hasta el fin.

El caso del misterioso incendiario
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El incendiario se ha convertido en una leyenda más que en un misterio. Ya lleva más de once años realizando prolijamente su tarea destructiva, pero hasta ahora las autoridades policiales ni nadie tiene rastro alguno sobre él. Nadie conoce cómo es, siquiera si es uno solo o si es realmente hombre o no. Tampoco pudieron revelar qué rayos utiliza para quemar el acero.
Comenzó tímidamente al incendiar el techo de un automóvil cualquiera en el mercado. Y no paró más. Lleva 1.342 automóviles atacados. Incluso una vez se dio el lujo de incendiar una fila de quince coches aparcados al este de la plaza pública.
Tampoco queda atrás el incendio de tres vehículos blindados, transportadores de caudales, ubicados en el vigilado estacionamiento del Banco Nacional. Para el extraño incendiario no existen marcas, modelos o colores, los quema y ya, aunque sólo fuera el techo.
Hasta ahora no ha ocasionado víctimas humanas directas. En cierta ocasión dicen que incendió un vehículo del que del lado opuesto se recostaban un par de policías tomando soda. Pero no, esa tampoco fue la gran oportunidad de atrapar al incendiario.
Anteayer visitó el supermercado, siempre a plena luz solar, y permitió que ardiera el techo del lujoso automóvil que sortearían este fin de mes. Por suerte no quemó los cupones, porque entre tantos estaban algunos míos.


El Hombre Loco
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El hombre loco ataca Villa Hayes. Se lleva a la bella. La lleva en sus brazos. Hacia un monte anochecer. El hombre se quita su disfraz de loco. La bella lo ayuda a cargar las valijas en la camioneta. La patrulla linterna en los arbustos. El comisario enciende su rifle. La bala plateada aniquila al hombre loco. Su disfraz se estropea.

El futbolista de calcio
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Paredes es goleador, juega bien, maneja ambas piernas. Salta como grillo. Domina el balón, chulea a ocho de una vez y logra el gol de taquito. Es lo máximo. 162 goles en sólo dos meses. Astro total.
Paredes consume su pildorita de calcio antes de cada partido. Desde que se dislocó un tendón por haber pateado mal a la mascota del equipo. El preparador físico le recomendó calcio, en porciones microscópicas.
Paredes traga la pildorita y sale a la cancha. Comienza el partido y marca el gol más tempranero de la historia. Se reinicia el juego y marca un gol de chilena, desde mediocampo.
Paredes hace sesenta picaditas en el campo de un rival desconcertado hasta que se rompe su camiseta por la espalda y le brota una pierna bajo la nuca. De hueso sólido.
Paredes jadea y le sale otra pierna en la sien derecha. Otra por la cadera izquierda. Una más a la altura de las rodillas. En el centro del pecho y por una mejilla. Piernas de huesos.
Paredes y sus 19 piernas en el cuerpo. Estructura ósea profesional. Se suspende el partido y su equipo gana por primera vez la temporada, doscientos ocho años desde su fundación. Dos a cero, gana.
Moraleja: consume calcio moderadamente.

O Qué Rayos, un club social nocturno
Un atentado social encima

(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

O Qué Rayos, la disco al filo del crepúsculo. Yeah, la movida de la generación paralela, con monedas en la cabeza. Todos visten bien, oportunistas. En la puerta caben dos: los guardias ex convictos. En la disco quinientos cepillos de dientes. Al ritmo frenético de los ruidos. Estado de divergencia. Con luces de bengala y brillos en los collares.
"¡Todos vamos a morir!", grita el DJ por el micrófono inaudible. El público sólo danza bajo el techo de hormigón armado. Todavía nadie ha muerto.
El ciberpunk sale de la máquina de humo y arroja una bomba de gas hilarante en el centro de la pista. De baile atestado por insectos de talco. El caos es un hit.
La bomba ni la seguridad de la luz. O caño de escape para quinientos intrusos.
Reporte policial media hora después...
150 aplastados por los pies, 78 apachurrados contra las paredes de espejo, 26 atragantados con el hielo de sus copas, 51 asfixiados entre poca ropa, 106 desmayos accidentales, 14 con shocks psicológicos, 83 extraviados de sus parejas de baile, 47 robos de billeteras, un frasco vacío de gas hilarante, 317 discos compactos piratas, 800 gramos de azúcar prensada, un kilo de carnaza de lujo, dos fetichistas de zapatos sin tacos y un muerto de risa.

El combate apócrifo(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Julián y Goliath. Goliath era palestino y medía dos metros de altura. Julián no. Goliath había estudiado artes marciales, boxeo y ajedrez desde su niñez. Julián no. Goliath era bueno en esgrima y nunca fallaba cuando disparaba su escopeta emplomada. Julián no. Goliath se inscribió en el ejército, era el líder de su cuadrilla y siempre recibía condecoraciones. Julián no.
Pero ambos estaban en el campo de batalla. Frente a frente. Julián y Goliath.
Goliath tomó del cuello a Julián y lo levantó del suelo. Sus pies se balanceaban en el aire. Goliath se divertía dándole bofetadas. Después lo soltó, retrocedió unos pasos, para luego darle un puntapié y volarlo una docena de metros, como si fuera un balón de fútbol.
Entonces Julián aprovechó para sacar su honda. Tomó una piedra del suelo y la balanceó en la honda, con todas sus fuerzas. Goliath se acercaba. Julián la lanzó. La piedra lo golpeó en la cabeza. Pero la piedra no sirvió. Goliath se enfadó.
Sacó su espada y rebanó el brazo izquierdo de Julián. La espada se hundió en el suelo. Goliath le pateó en la rodilla. Su rodilla se quebró. Seguido lanzó un terrible puñetazo en el pecho de Julián, quien cayó de espalda. Goliath descargó su pesado pie sobre el rostro de Julián, y hacía girar su pie. Después juntó los puños en el aire y los descolgó en un movimiento repentino encima del estómago de Julián.
Goliath lo tomó con ambos brazos, del tórax y de una pierna. Con las manos le arrancó esa pierna. Luego lo giró en el aire y lo soltó hacia las rocas, con una brutal potencia. Crujieron los huesos de la espalda de Julián. Él estaba perdiendo mucha sangre.
Julián trató de decir algo entre sus dientes rotos. Pero Goliath se paró encima de él y con su espada le arrancó la cabeza, y luego la levantó en señal de victoria. Goliath ganó. Julián no.

6661
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Papá Noel está comiendo albóndigas en Jerusalén, a ocho minutos del año 2000. Se ha sentado en un pequeño bar, al aire libre. Escuchando los discursos de miles de profetas, y el rumor de una multitud carnívora en todas partes. Las luces de una ciudad en la historia, con las pantallas gigantes anunciando el conteo final. Papá Noel es horrible y anormal. Sus hijos bastardos deambulan por allí robando carteras. Sus hijos como duendes inofensivos.
Se ha hecho famoso desde que incendió una juguetería para huérfanos. Clandestinamente, Papá Noel regala su tiempo en los bares y en peleas callejeras. Y ahora está en la capital de Israel occidental. Comiendo como si nada, a cuatro minutos del año 2000. Con Moisés, David y hasta Daniel profetizando calamidades, colgados de los faroles, sobre la gente, mucha y más.
Las albóndigas van desapareciendo de su plato. Falta sólo un minuto. Los papelitos insignificantes vuelan por todas partes, muchos descorchan botellas, suenan petardos y hay juegos artificiales en el cielo de Jerusalén. Y todas las voces son una: ¡cinco! ¡cuatro! ¡tres! ¡dos!...
¡¡¡Feliz 2000!!! Las almas se besan, el cielo se nubla de papelitos y pirotecnia, muchos gritan, lloran, ríen, se abrazan, saltan, corren (pero no es fácil), la multitud es infinita y no se entiende. Las pantallas de neón brillan los dígitos intermitentes. Es indescriptible.
Papá Noel abre los ojos, desde su silla en el bar hebreo. Un duende se abre paso hasta él y le da la noticia del plan divino. Las cápsulas de gas sarín han estallado en todas las urbes del planeta.
¡¡¡Feliz 2000!!! Mientras Jerusalén comienza a arder con su propia cápsula, y toda esa multitud se desvanece en la euforia fatal. Papá Noel se pone su máscara antigás y luego se va.
¡¡¡Feliz 2000!!!



FRNZAG

(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Cinco personas en el auto nuevo. En silencio. Con la música muy fuerte. No abras las ventanas o entrará aire infectado. No enciendas la radio o entrarán juegos de palabras contaminados. El auto es nuevo. A través del espejo transparente, ese camino secreto.
Si sólo sobreviviéramos hasta el kilómetro 24. Sería bueno, sólo eso. Fósforos. Rock. Nitroglicerina. Zapatos. Anemia. Gasolina. Todo suena desperfecto.

Desfiguraciones
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Yo. Hablo mucho de mí. Digo demasiado. Aprisionado en el columpio que se desenreda en giros de locomotora portátil. Más un portafolio para quemar los ojos, los malditos ojos de mundo. Mil millones de series televisivas en medio minuto. Cuadro por cuadro sin el recuerdo subliminal. En pleno equinoccio de fantasías fracasadas. Yo.
Escena 2: la mujer de años que cae del bote en medio del río negro. Absorbida por el pozo de agua de la leyenda. Burbujas de ficción. Cataclismo personalizado, sólo hoy, a fin de milenio. El mundo subterráneo debajo del río, por el ojo de la atmósfera de hidrógeno. Con los cadáveres de los guardianes en la cima. Avispones mutantes y sus aguijones de escamas. La mujer cayó en ese mundo, y murió atacada por sus propios anticuerpos.
Hoy que han abierto un pasadizo debajo de mi cama. Los seres subterráneos en busca de paranoia estacionaria. Los niños tienen razón, miras esa oscuridad sólo para ver manos de fango hacia ti.

Atrapados en la ciudad de los pensamientos rápidos(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

La camioneta cruzaba el puente. Es tarde para estar en la Tierra. Aunque el vestido rojo te sienta bien es tarde para ir a la fiesta; quedemos a leer viejas cartas, en silencio.
Los truenos sobre la ciudad. La sombra fugitiva parpadea en los balcones de los rascacielos. Es tarde para estar en la ciudad. Y destroza los cristales con la voz. Es cuando dice: "Sabes, me gustaría escucharte antes de que sea tarde".
Y los papeles se contornean a nuestras espaldas, se escapan por las veredas desiertas. Mientras las nubes inician carrera en proyección hostil.
La hilera de coches incendiados, las puertas abiertas y los faros en su propio universo. Que está allí, todavía, creyendo que aún no lo ha visto todo. Llevas las manos a los bolsillos, para patear el meteoro en su punto de quiebra.
"Sabes, soñé que el parque público me haría como tú". Pero sigues allí, y la rueda tiene problemas. Es tarde para huir, mira, es tarde.

Avant Première
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Escenas de la película en el gran estreno. Las luces alumbrando a la noche, con las luminarias llegando frente al cine espectacular, en carrozas de glamour y champagne de sabor a los 20. Viva los sixties, dice alguien, a tres minutos de 1921. Todo el mundo cantándole a una tal Suzie, pero Suzie nunca está allí.
Las calles en blanco y negro, la gente caminando más rápido en la cámara. Sí, luminarias en las fiestas de Wall Street, con bailarinas brillando sobre el caviar. Y la banda cree que el jazz es alegre, y todo sigue al ritmo de un viejo claxofón. Sombreros de copa y joyas de terciopelo. Una copa de petróleo, por favor. Y los cantineros con forma de pingüinos, con sus bandejas repletas de hielo.
Más muchachas ríen al fondo. ¿Será Suzie una de ellas?
Un pañuelo amarillo con bordes rojos y verdes alrededor del cuello, más una gorrita con plumas de colibrí. Luminarias que han aprendido a hablar en francés y a bailar con los pies descalzos. Denle cuerda a la banda de jazz y sonrían, que es 1921. Otro desfile de Ford frente a la nueva estación de televisión, mientras el trompetista prueba esos raros bocadillos de los multimillonarios.
Brindis por Al Capone, y el chiste brota en las burbujas de las botellas semillenas aún. El tocadiscos a las 1.32, y los discos de rpm como espejos en las sala de estar. Hola, yo actué en aquella película. Y la taquilla reporta un incremento en la bolsa de valores. A ver si me aprendo esos ridículos pasos de saltitos. Sí, luminarias en poses de estrellas de circo.
Sí, me recuerda a la orquesta de acróbatas resplandecientes. Aquí en Los Ángeles, donde terminan los años 20 y luego sueltan a los leones para comerse las sobras. Estaban produciendo una nueva película, pero Suzie seguro nunca va a estar allí.

Capítulo de blasfemias benditas (hollín)
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

— Entonces le dije: sabes que matan por morirse, pero, sin más, me contestó: la saliva se filtraba por su ombligo. Y no bromeaba.
— Entonces por qué la dejaste ir con las manos atadas.
— Pensé que tendría hambre, pero robé un par de huellas como recuerdo.
— ¡Qué descuidado! Si ella tropezase al bajar las escaleras, es seguro que el animal levante la pata para que el péndulo carcoma mi estómago.
— Vaya... pero no te preocupes, ahora creo en Dios.
— Vaya... por lo menos desataste su lengua, ¿eh?
— No.

Cien años de inundación en Puerto Elsa 1982
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Mientras el reloj llueve de oeste a este, el mapa de papel se inunda por sus límites rodeados de tierra dura. Voy por la calle hundida en su propia hendidura, el desborde rastrea el pavimento y la pendiente ya no soporta. El agua infecta los motores, tosen, tosen de agonía. Asoman sus dedos diminutos bajo el umbral sellado. Corroen la sequía, se oxida el aire.
Arrodillados sobre el techo del auto, observando a las ratas dentro de latas desechadas, adueñándose de los huecos del oleaje. Allá, los muros de roca, que cerraban la mano para crear celdas, se derriten ante el saqueo de gotas inconstantes, agitadas, enfurecidas en un sólo día.
Rumia, no se aturde, a pesar de tener la soga acuosa apretando su cuello. Sangre fría enredarse por las piernas. Mordedura de la inanición, porque lo que flota resquebraja la pradera capilar. Entorpeciéndose en un submarino artificial; desesperarse por consumir la cuota de oxígeno.
Lo alado pierde entusiasmo para caer en la inconsciencia, en la garganta del mar. Son islas, no, no lo son. Después de contagiarse de humedad la percusión sacude tendones. Frío, frío, tanto que odia su programa favorito de televisión. Son cuerpos, hinchados de basura, se posa en ellas y estallan.
Tiburones del tamaño de pirañas. Cena después de oscurecer. El viento sabe surrealista a la luna oculta. Microescape en el pálido aliento. Alarido burbujeante, espuma en el hocico. Esponjas rajadas por el peso del casi ahogo. Cinco dedos a la intemperie. Tres...
Gris tembloroso alrededor de los postes del alambrado. Un rumiante en la red de púas. Socorriéndose por pirañas del tamaño de mosquitos. Si flota, todavía, las pulgas reventarán entre sus cabellos mojados. Sangre fría contagiar de humedad la pradera capilar.
La pendiente que se afloja, resbala en la hendidura y un tronco añica el reloj fluvial.


Dios de oh
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

El ferrocarril ha partido, llegaste tarde al accidente. De cómo se untaba en diez y siete metros de rieles. El joven volvió al jardín abandonado, el árbol se desplomó sobre la cerca despintada.

10 minutos de Presidencia
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

1': El presidente del Congreso lo nombra Presidente de la República con sólo seis palabras en un acto demasiado sencillo desde su despacho. El Presidente firma el acta. Es felicitado por dos diputados, en una sola palabra.
2': Salen todos. Ingresan doce personas, rápidamente. El Presidente los saluda en dos palabras. Firma el decreto que los declara ministros. Firman los doce y van saliendo.
3': El Presidente hojea rápidamente las 32 páginas del Proyecto de Presupuesto de la Nación. Lo aprueba y lo firma. Lo vuelve a mirar, luego lo guarda en un cajón de su escritorio.
4': Suena el teléfono. Es su esposa. Lo saluda con tres palabras. Ella le describe la cena que preparará. El dice que llegará temprano. Cuelga antes de que la conversación se extienda a otro minuto.
5': Abre la puerta de su balcón. Asoma un par de segundos. Regresa al escritorio y pide por teléfono a su secretaria que envíen al jardinero a podar los arbustos del patio trasero del Palacio de Gobierno.
6': Va al baño. Levanta la tapa del inodoro. Orina. Se lava las manos, cuidadosamente. Se las seca con la toalla presidencial.
7': Se dirige a la Sala de Conferencias. Los periodistas presentes hacen súbito silencio. Dicta su discurso de asunción pronunciando sólo diez palabras. Los periodistas lanzan sus preguntas, pero el Presidente ya ha traspuesto la puerta.
8': Al tiempo de sentarse en su despacho, ingresa su asesor, agitado, le informa de una sublevación militar a una cuadra del Palacio de Gobierno. El Presidente pide por radio que el responsable se presente.
9': Un general cruza el jardín frontal del Palacio. Sube las escaleras.
10': El general asoma en la oficina y le pide su renuncia. El presidente redacta a mano su renuncia con una sola palabra y firma. Se va a su casa, temprano.

Quietud en la noche eterna
(Carlos Miguel Giménez O.) [cmgo1979@yahoo.com]

Depresión melancólica de fin de siglo. Hoy que desconfías de nadie. Ante la orilla desierta del vacío, como el cielo, ya sin luz. No despertamos, no podemos dormir sin volver a ser los de antes. La lluvia arrecia en la oscuridad, mientras el viento polvorea los ojos semicerrados.
Borrar con un dedo, uno por uno a los que siguen en la fila de adelante. Y los siguientes. Horas cargadas de aire caliente y pesado, sin un sorbo bostezado; las uñas escondidas en la palma de la mano presurosa por retornar a la inactividad.
Canción sin líneas, espíritu en las navajas, aquí todavía, con mi piedra en el zapato gastado en la espera de la despedida final. Bolsa de patatas cargadas de adrenalina añejada, pulverizada como telarañas después de quitar la tapa al piano abandonado en la nevera, éste es el sur.
Ciegos en un cubo de hielo rodeado de frío y temor, altura por la espalda, suelo en la caída. Fugaz como saber que tropezar con un cadáver, amanecer, empezar a correr al amanecer y mientras corres el sol ha dado la vuelta y te empuja por la espalda y caes y te cortes y sangras y mueres.
Enterrado bajo el rocío, más otra vuelta, pero la cueva no avanza y se ahoga en su noche eterna. Al fin que mires atrás y el grito te aplaste contra la nada, los brazos atascados dentro de los orificios, en el cielo como dios, pero caigas, sin brazos y te rompas las piernas. Entonces no te moverías, para que traigan cuchillas y te devoren por tres días, sin hambre, ellos.
El pasaje a la montaña desobedece, simple al borde del volcán para dormirse en su lecho, sin quemarse, y huir de la playa, huir de la diversión, huir. Que la guerra se pierde cuando acaba la tinta, después se agota la sangre y la derrota se tiñe de batalla, sin querer alejarse tanto, el sol ha dado otra vuelta y te encuentra, ya no corres, sólo miras el mar sin sentido.

-∞-∞-∞-ESTE ES EL FIN-∞-∞-∞-

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