jueves, 7 de julio de 2011

Polski Pomnik

esta noche fingió una lluvia
el frío silencio que rodea al vacío
podría decirte la sensación de mañana
en medio de una inundación histórica
los recuerdos impunes del olvido
que viajan en oleadas malditas
apagando vela tras vela
empolvando las diademas
volviendo amarillentas las páginas
cuando espío desde mi cristal incierto
y descubro el siniestro paso secreto
nada digo tan cómplice
nada escribo por si acaso
que se nublan las pobres ventanas
señal de que aún hay respiro


el antiguo monumento polaco
desigual ante los edificios modernos
ayer el cine era indescifrable
finalmente el destino toca sus dedos
con el magistral creador de mentiras
alguien tose lejanamente
no me desconcentro del dolor
me tiene que llevar a una puerta
hasta algún alma alérgica al sueño
mis manos encajan en sus manos
sus párpados se cierran con los míos
se aúna el ritmo en que latimos
cual guante de fantasma
como globo que besa a la burbuja
nos zambullimos bajo un puente
a lo lejos palpita el andar de un asno
y rueda una carreta de sortilegios implacables


hoy es paris, mañana madrid
por fin vamos hasta el mar
a dormirnos en la arena tibia
a yacer despreocupadamente junto a los fusiles
hoy no quiero que bombardeen las frutillas
mañana no deseo que estallen la fuente
los invasores han llegado demasiado lejos
casi mimetizados con los turistas
mientras abarcamos esta tierra extranjera
nuestro país cae indefensamente
cuando volvamos seremos extranjeros
y nuestros enemigos serán invasores


tanta nieve se acumula en el tejado
suavemente se fue depositando
toda la noche mientras dormíamos
ningún leve sonido nos trastornó
amaneció otra ciudad en el cielo
contemplé algunos techos y sus patios
sus calles son cortas y tranquilas
los niños prefieren jugar en ellas
temprano salen los señores a trabajar
hay un buen aroma de cocina
aún parece un buen vecindario
mañana amanecerá bajo nieve

viernes, 1 de julio de 2011

El infortunio no correspondido


video
Berta Rojas - La catedral I (Divas de la Guitarra 2011)


Ya lo decía el gran escritor: “El infortunio se ha enamorado del Paraguay”.
* Asunción se fundó apenas 45 años después de la llegada de Colón al continente… y seis años más tarde se produjo el primer golpe de estado.
* Durante casi tres siglos, la provincia sobrevivió en el aislamiento, la desidia y la opresión dentro del Virreinato español.
* Cuando Buenos Aires se independizó, intentó invadir militarmente a esta provincia, mientras el gobernador español negociaba el apoyo portugués.
* Entre 1814 y 1940, Gaspar Rodríguez de Francia gobernó como el Dictador Supremo.
* La Guerra de la Triple Alianza (1864–1870) fue un brutal exterminio.
* Los siguientes cien años tras la Guerra Grande hubo 44 presidentes; lo que denota una época muy convulsa, arrasada por sucesivos golpes de estado.
* Tres cruentas guerras civiles se registraron en 1922, 1936 y 1947.
* La Guerra del Chaco sacudió al país entre 1932-1935.
* La dictadura de Stroessner se impuso de 1954 a 1989.
* 1996, año de un intento de golpe de estado y del gran descalabro económico: quebraron cuatro bancos importantes y 15 financieras.
* 1999, asesinan al vicepresidente Argaña, y deriva en el “Marzo paraguayo”.

Y llegamos a la era del Bicentenario, en que la victoria del pueblo dependía de que se volara en pedazos el Palacio de Gobierno.
Sí, efectivamente.
Un grupo de ciudadanos sobrevivientes, dirigidos por un panchero llamado Aurelio, se apostó en los balcones del Cabildo, con toda la artillería que pudo rescatarse de la desolada Comandancia de la Policía.
Esa noche, como esas jornadas históricas que abarcan dos fechas, Aurelio y su improvisada tropa se pasarían disparando a la multitud de invasores, enterrando sus pies entre casquillos de balas, mientras las plazas se inundaban de cuerpos putrefactos.
Previamente, en otro acto heroico, un chico -del que no supimos su nombre hasta más tarde, que al parecer solía trabajar de mozo- pudo robar una ambulancia y ensordecer con la sirena alrededor del microcentro, atropellando coches y motos abandonados, y trincheras inútiles.
Cuando estrelló el vehículo contra la fachada del Cabildo, era solo cuestión de tiempo para que el monstruoso ejército dominara las plazas.

Aquello sirvió de importante distracción, mientras el chofer de colectivos Marcos, el agente de seguridad privada Héctor y un lustrabotas chacariteño, al que decían Mberu’i, se ingeniaban, encerrados en la Catedral Metropolitana, para mover el pesado altar, detrás de la leyenda del túnel secreto.
Mberu’i vigilaba las enormes puertas, tapiadas con montones de bancos, sosteniendo una escopeta de caño corto. Marcos estaba en un coche Escarabajo, semi quemado, jalando las cadenas atadas al altar de piedra.
Un denso tufo dejó sin aliento a Héctor, al asomar ante el sorprendente agujero, oculto tras un rústico puñado de tablas, que al golpe con la culata de su escopeta cedió a una invisible escalera.
Afuera, se oían secamente los tiros del Cabildo… o eran algunos manoteos torpes que daban a las puertas.
Enseguida, los tres se lanzaron con linternas y las cajas de dinamitas, y el plano que Don Emilio, viejo historiador, les entregó antes de morir.
Un polvo milenario envolvían sus pasos y casi sepultaban detrás sus huellas, entre frágiles trastos envueltos en telarañas, dentro de una ciega oscuridad, a veces entorpecida por una barrosa humedad y grandes ratas, que Mberu’i aniquilaba con su machetillo.
Avanzaban más lento de lo esperado en el mítico túnel, y en un tramo les confundió un desvío extraño que no figuraba en el antiguo mapa. Pero con el ruido tan cercano sobre sus cabezas, continuaron recto.
¡Son monedas!”, gritó Héctor, al manotear unas urnas perdidas entre desechos de madera, que podrían haber sido carretas. Por un rato se olvidaron de su tarea y cargaron varios puñados de monedas en los bolsillos.
A Marcos le pareció escuchar un ruido, distante, leve, pero bajo tierra. Se quedaron tiesos y apretaron las armas. Con un gesto, siguieron el camino con prontitud, esquivando a las ratas para que no chillaran tanto.
Indeterminados minutos pasaron, los tres estaban completamente sucios.
Acá es”, susurró Mberu’i, y miraron arriba. Comenzaron a colocar los explosivos, con cierto nerviosismo; el ruido de las monedas viejas en sus bolsillos sonaba peor que el tic tac de mil relojes.
Shh…”, interrumpió Héctor y se volvieron estatuas. Marcos colocó apuradamente las cajas de dinamita y sostuvo el rodete del cable, tragó saliva. Apagaron las linternas. Algo se arrastraba pesadamente detrás de sus pasos. Estaban acorralados.
Mberu’i no aguantó el tenso suspenso, y su rostro se iluminó con las ráfagas de una mini ametralladora, tenía los dientes apretados. Ante su reacción, Héctor y Marcos descargaron sus escopetas y revólveres. Frente a ellos se había desplomado un cuerpo: apuntaron sus linternas sobre él.
Lo que vieron los precipitó a tomar precauciones, Mberu’i y Héctor se adelantaron unos metros, Marcos estiraba con cuidado el cable.
La tranquilidad duraría poco, la boca negra del túnel empezó a escupirles desagradables sorpresas, y se abrían paso, lentos pasos, a balazos.
Ndi, ¡se cortó el cable!”, vociferó Marcos. Héctor, con cara de velorio, solo atisbo a responderle: “Dale”; asintiendo con seguridad miró a Mberu’i, que estiró el machete de su espalda y apuntaba hacia el siniestro túnel.
Desde el último piso del Hotel Guaraní, donde un grupo más grande nos refugiábamos, pudimos observar con inquietante emoción el fulgor que envolvía al Palacio de los López. La explosión fue fuertísima, volaron pedazos a todas partes y una densa humareda tapaba la bahía.
Algunos celebraron con alegría, y lloraban, mientras se desplomaba el edificio blanco tan emblemático. Pero cierta desconfianza nos aterraba, porque tras la humareda, aún se notaba en pie parte del ala derecha del Palacio.

Pasó un tiempo desde aquel impresionante incendio del depósito farmacéutico en pleno centro de la ciudad.
Trascurrió otro importante tiempo, en que fueron devastadas las fuerzas policías y militares, en que parecían ineficientes las armas y hasta los tanques contra la tragedia que se vino, que en pocos días fueron asesinadas grandes poblaciones; mientras lo peor ocurría, aún desconocíamos su tenebrosa conexión con el humo tóxico de aquel incendio.
Con pavor recuerdo cuando salíamos de un evento céntrico en coche, y a la altura del Panteón de los Héroes, un cuerpo saltó sobre nosotros, y en la confusión del impacto nos estrellamos en la fosa del estacionamiento de la Plaza de la Democracia.
Aturdido, salí del auto y miré hacia el bulto que habíamos atropellado, que se arrastraba aún. Con la mano sobre el golpe en la frente, vi que mis amigos salían también y me acerqué a ver al sujeto herido: ahí vi la cara de la muerte.
La peor de las pesadillas se hacía realidad. Pronto descubrí que hacia Palma se apoderaba la histeria, hubo gritos cerca de Lido Bar y corrían algunas personas. Mis acompañantes estaban alterados y hacían llamadas.
Vimos como los atacantes se abalanzaron sobre un puesto de revistas y alcanzaron a una prostituta, en Chile.
Aparecían más y más, todos ensangrentados.
Al rato llegó una patrullera, dos oficiales intentaron poner un absurdo orden y vaciaron sus pistolas; no tardaron en ser devorados por los muertos.
Un taxi huyó a gran velocidad, arrancó la puerta abierta de la patrulla y brincó espectacularmente contra un árbol de la plaza, se prendió fuego.
Fue así como el país empezó a enfrentar su primera plaga de zombies.
Ya lo decía el gran escritor: “El infortunio se ha enamorado del Paraguay”... pero también es cierto que Paraguay nunca le quiso corresponder.
Sin embargo, en ese momento, consciente del inminente peligro que nos acechaba, solo pensaba en llegar hasta Fernando de la Mora, que tenía que llegar a ella.


Seudónimo: Harpo Marx