domingo, 20 de julio de 2014

Misteriosas desapariciones anuales

   "Cada año desaparecen miles de personas", me dijo el comisario, como si estuviera leyéndome una aburrida crónica sobre finanzas. Levantó un poco la vista de su periódico, desde su silla hundida en el escritorio enmarañado de trastos; y señaló un muro de la habitación. Había un cartel de avisos.
   El cartelón estaba empapelado, violentamente quizá, de desordenados papeles fotocopiados, de recortes de diarios, de cartones de leche, de tarjetas postales y de hojas arrancadas de la guía telefónica: "¿Ha visto a esta persona?", ¡caray! eran miles, miles de personas desaparecidas.
   A unos metros estaba un suboficial con una vieja y ruidosa máquina de escribir, cuyos teclados parecían pedales oxidados. Parecía copiar incansable montañas de notas con sus dedos puntiagudos; fuera de cualquier noción de su entorno. Nosotros ni nadie existíamos para su mente.
   El comisario me dijo que anotara mis datos, que se los pasaría a su suboficial para el registro policial y que me llamarían si tuvieran alguna novedad.
   Le pregunté qué estaba sucediendo, me enunció de forma rápida, como si me leyera una pequeña esquela de las cosas que mamá quería que le comprara en el almacén: terrorismo, deudas, fracasos, post comunismo, abducciones, fama... Me fijé mejor y vi que en realidad me estaba leyendo un papelito pegado al borde de su escritorio, cerca de las rodillas. Entonces desistí de preguntarle si ya habían podido resolver algún caso.
   Me alejé lentamente hacia la puerta, de espaldas. El comisario seguía leyendo, su ayudante seguía en su universo taquigráfico. Sentí que llegaba otra persona a reportar lo mismo. Salí corriendo entre la gente de afuera.
   Fue así como desaparecieron para siempre todos mis compañeros de colegio durante una excursión guiada en la Expo anual de Mariano Roque Alonso. Hasta hoy.



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